La presión de vivir pendientes de una fecha

En este 2020 tan complicado me pregunto a menudo quién hubiera podido adivinar hace tan solo un año lo que nos tenía deparado este durísimo ejercicio.

Hasta entonces, hablar de futuro significaba recurrir a as palabritas de moda, el sustantivo “disrupción” y el adjetivo “disruptivo”, que se ligaban a entornos de transformación tecnológica (conectividad y sistemas de propulsión alternativos) y nos situaban en este cambio de década del siglo XXI al borde de un mundo nuevo para el automóvil y los colectivos de su entorno.

Entre el 2020 y el 2030, en un plazo corto, el mundo de la movilidad iba a sufrir un cambio enorme, un cambio que en CONEPA calificábamos de evolución “acelerada”, mejor que “disruptiva”, en base a esos casi treinta millones de vehículo que, con las cifras oficiales de la DGT, todavía tenían muchos kilómetros por recorrer gracias a motores convencionales y tecnologías teóricamente agotadas en un entorno de cambio con la protección del medio ambiente como objetivo.

Todos pensábamos que la evolución esperada no sería tan rápida y que seguramente habría de pasar otra decena de años para que pudiéramos hablar de un mercado ya sensiblemente diferente al actual. Eso sí, pocos dudábamos es de que, a partir de 2040, los establecimientos de reparación y mantenimiento de vehículos poco se parecerían a los que hoy abren sus puertas.

Da vértigo pensarlo, pero, en realidad, si echamos la vista atrás y comparamos nuestro día a día actual con el que vivíamos hace 20 años, nos daríamos cuenta de todas las transformaciones que se han ido produciendo en el trabajo de los talleres, comenzando por nuestra razón de ser, el automóvil, y terminando por los hábitos de nuestros clientes. Hasta el punto de que un taller traído hoy directamente desde aquella época tardaría muy poco en echar el cierre. Y, sin embargo, la percepción general es que la enorme transformación que se ha producido en el sector se ha realizado de una manera ordenada y poco traumática.

La diferencia fundamental a la hora de hablar de futuro es que en el año 2000 nadie nos presionaba día a día con una fecha concreta de cambio de escenario para nuestras empresas, mientras que llevamos unos años viviendo estresados de manera constante por el apremio en nuestra puesta al día ante lapsos de tiempo diferentes, pero siempre acuciantes.   

Y todo ello, sin olvidar que, un buen día, llega un “bichito” microscópico y lo pone todo patas arriba. Y, entonces, si que se produce la disrupción. Y tanto en ese caso como en el escenario más habitual de la evolución pausada, la serenidad suele ser la mejor ayuda en la toma de decisiones.

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